martes, 6 de septiembre de 2016

Plan familiar por los caminos del Norte

Crónica de un viaje con chicos desde Salta y por Cafayate, Cachi, Purmamarca y Tilcara; paisajes mágicos, momentos memorables y también algunos berrinches.

Cuando se viaja con chicos hay una distancia grande entre el viaje que uno fantasea -resabios de un ideal mochilerístico- y el que realmente se puede hacer. Ninguna vacación se disfruta del todo si el más chico pucherea porque hace seis horas que se fríe en el auto y el mayor convierte la cabina en el campo de batalla de un berrinche fenomenal. Si el paseo rutero es por el noroeste argentino, hay tramos hermosos y otros que es mejor evitar, parajes y ciudades kid friendly y otras no tanto. Esta es la crónica de un periplo familiar de una semana, que arranca con auto alquilado en el aeropuerto de Salta, baja hasta Cafayate y sube hasta Purmamarca y Tilcara.

La siesta de San Carlos

San Carlos es un pueblito sobre la ruta 40, a 24 kilómetros de Cafayate. En un tiempo lejano pudo haber sido capital provincial, pero perdió por un voto contra la ciudad de Salta. El despecho se siente, en algún punto, al contemplar la plaza desierta, que cruzan unos pibes recién salidos de la escuela y un par de perros viejos. En la esquina de la Iglesia San Carlos Borromeo, la más grande de los Valles Calchaquíes, unos flacos abren una cerveza de litro y cranean el plan perfecto para escapar de esa postal silenciosa de casitas blancas.
Aquí la paz sólo se quiebra en algunas fechas especiales, como la fiesta del patrono San Carlos Borromeo, el 4 de noviembre, la fiesta del Barro Calchaquí o durante los carnavales de febrero, con la ciudad tomada por copleros, murgueros y bailarines.
Pero hagamos un flashback porque este viaje comienza una posta antes, llegando al aeropuerto de Salta en un vuelo de tarde. Después de levantar el auto (1000 pesos diarios en la categoría económica), una buena opción es dormir en San Lorenzo, pintoresca villa ubicada a 12 kilómetros de la capital provincial, donde muchos salteños tienen casas de fin de semana; y, a la mañana siguiente, tomar la ruta 68 hacia el Sur para rodar los 168 kilómetros que desembocan en Cafayate, cuna misma del vino torrontés.

Primero es el Valle de Lerma, con sus tonalidades verdes, que de a poco cede a la aridez y los colores ocres del ascenso. Se intercalan pueblitos (Cerritos, Alemanía, Coronel Moldes) y la posibilidad de vivir una aventura hídrica en el dique Cabra Corral, donde se da bien la pesca del pejerrey, la navegación en catamarán o, para los adrenalínicos, el bungee jumping.
A poco más de una hora estamos en jurisdicción de la Quebrada de las Conchas, enorme cañón rojizo en el que se destapa un Disneyworld de formaciones rocosas: la Garganta del Diablo (una cueva gigante en la montaña), el Anfiteatro, el Obelisco (una gran piedra erguida), El Hongo, El Fraile, Las Ventanas y todas las formas imaginables. Una ruta perfecta para hacer con chicos: no es un trecho largo desde Salta y el festival de formas rocosas los mantiene entretenidos.
El primer berrinche se declara, justamente, en una parada en la Garganta del Diablo, donde los gritos de cansancio del más chico -de dos años- se amplifican por el eco natural del sitio y generan el mismo efecto que Axl Rose cantando a capella. La tormenta se aplaca con una promesa o una mentira a medias (así pasa en general con los berrinches), la de ir a conocer al Sapo Pepe. Es que más adelante en la ruta hay una nueva geoforma de arenisca llamada El Sapo. Y no, no canta, pero es una gran personificación del anfibio y sirve para aplazar la pataleta.
A medida que el camino pierde altura, el valle se despliega con sus viñedos y Cafayate se anuncia a lo lejos. Esta ciudad, que resume gran parte de su vida en la plaza principal, poblada de restaurantes y artesanos, es una suerte de bodega a cielo abierto, porque cada establecimiento abre sus puertas para degustaciones. Así como es entendible que el vino todavía no esté en la agenda de los pibes (por suerte), quizá tampoco la Catedral, el Museo Arqueológico Rodolfo Bravo o el Museo de La Vid y el Vino. En cambio, un plan divertido es conocer el tambo caprino Cabras de Cafayate, a pocas cuadras del centro. Aquí se enseña, en forma muy amena, el proceso de producción de quesos y leche de cabra. Durante la visita se registró el nacimiento de un cabrito, lo que generó revuelo en la tropa infantil (sobre todo en el mayor, que tiene cinco) y preguntas del estilo "¿de donde vienen los bebes?" y "¿mamá, vos tenés una cabra en la panza?".
A pocas cuadras de las cabras y a metros de la plaza principal, se llega a La Última Pulpería, especie de cueva de Alí Babá que atesora lanas, frutos secos, quesos y, de yapa, un tal Miguel, el dueño, que mira desde el mostrador con cara de pocos amigos.

Subiendo vía Cachi

Si llegó al aeropuerto de Salta, durmió en San Lorenzo y enfiló hacia el Sur, hasta Cafayate, hay un par de alternativas para subir en el mapa si se intenta ir hasta Purmamarca y Tilcara. Una de ellas es vía Cachi, pero aquí va un aviso: en los papeles no parecen muchos kilómetros desde Cafayate (157 nomás), pero una gran parte del camino es de ripio, arena y tierra, y hay que avanzar bastante despacio con el auto (se tardan entre 3 y 5 horas a ritmo tranquilo). Siempre se debe chequear el estado de la ruta antes de partir, porque en época de lluvias la cosa se complica.
Por la ruta provincial 40, camino a Cachi, se suceden los pueblos: después de San Carlos vienen Angastaco, Molinos y Seclantás, capital del poncho salteño y el vino patero. Una vez en Cachi, se descubre una joya colonial a 2280 metros sobre el nivel del mar, con casas blancas que reverberan al sol, bajo la custodia del Nevado de Cachi, de casi 6400 metros.
Vale la pena pernoctar en Cachi (no se consiguen cielos más estrellados) y pasear por el Museo Arqueológico Pío Pablo Díaz, curiosear la antigua Iglesia de San José y echar un vistazo al mercado municipal de artesanías. No se puede decir que estos programas sean particularmente para chicos; tal vez el encanto del lugar es caminarlo sin prisa, lagartear en la plaza silenciosa y cruzarse al Oliver Wine Bar a comer algo. El disfrute de Cachi es no hacer casi nada. Como acá el tiempo parece detenido, no es mala idea desconectarse. Quizás sea ese feliz apunamiento lo que hace que, a la noche, los muchachos duerman de corrido, un regalo para padres y conductores de oficio.

Rumbo a Volcán

En este punto del viaje hay un dilema clave si se quiere seguir hasta Purmamarca: tomar el camino de cornisa, que puede demorar hasta diez horas; o regresar a Salta, por la Cuesta del Obispo, con el clavo de sus 250 curvas de montaña, para luego seguir desde la capital provincial hasta Purmamarca por el asfalto de las rutas 52 y 9.
Si la opción es regresar a Salta (con curvas y todo, lo más recomendable si se viaja con chicos) y tomar la ruta 9, pasando por el costado de San Salvador de Jujuy, una buena parada antes de Purmamarca es Volcán.
En la entrada de este pueblo, enmarcado por un cordón montañoso teñido de rojos y naranjas, hay una estación de trenes de 1905, con un viejo vagón dormido y un gran hangar donde funciona la Feria Campesina de Quebrada y Puna con tejidos, alfarerías, instrumentos musicales y productos de cuero y madera. A 20 minutos, pasando por Tumbayá, se encuentra Purmamarca, con el cliché invencible de su Cerro de los Siete Colores.
Calles de tierra angostas, con puestos que venden guitarritas, quenas, palos de lluvia, víboras de madera y coca para mascar, desembocan en el corazón de la plaza. Durante agosto se celebra el ritual de la Pacha Mama en cada uno de los pueblos de la Quebrada de Humahuaca, desde Tumbaya hasta Maimará, Tilcara, Uquía, Huacalera o Humahuaca. En la plaza principal de Purmamarca, se forma una larga procesión para arrojar comida (maíz, empanadas, vino, papas, habas, quinoa, coca, cigarrillos, yerba) en un agujero hecho entre los adoquines.
La ceremonia es emocionante y los chicos también se ponen en la fila con la intención de arrojar sus presentes más valiosos: un chupetín Pico Dulce y medio alfajor de maicena machacado por el viaje. "Hace poco que se hace este festejo en las plazas de los pueblos; desde siempre es un ritual familiar, que se celebra en cada casa. Nosotros preparamos la tistincha, que lleva patas de llama, maíz, verdura, y la hacemos hervir toda la noche", cuenta Imelda, una artesana que dejó su puestito para hacer su ofrenda.
El mejor momento para distinguir los colores de los cerros es el sol de la mañana, que pega de frente en las rocas. El paseo tradicional de Purmamarca es el de Los Colorados, una vuelta de 3 kilómetros por atrás del pueblo y del Cerro de los Siete Colores, corcoveando hasta desembocar otra vez en la salida a la ruta 9. El trayecto se hace a pie, a caballo, en bicicleta o en auto.

La Gesell de la Quebrada

No tiene nada del balneario pero muchos bautizaron a Tilcara como "la Gesell de la Quebrada", por su crecimiento turístico (un poco anárquico) durante los últimos años. 22 kilómetros al norte de Purmamarca, Tilcara parece empotrada en los cerros. Otra vez la plaza es el centro neurálgico, con restaurantes de antología (Arumi, de la chef Ana Laura Mellado, se lleva todas las loas). Por la noche, Tilcara es un Aleph de mochileros de todo el mundo y se escuchan fácil cinco idiomas distintos.
Una excursión familiar sencilla es subir en auto hasta la Garganta del Diablo (claro que no es la misma Garganta del tramo Salta-Cafayate), dejar el coche y bajar hasta una cascada cristalina que discurre en el fondo de un profundo cañón. Al mediodía, el gremio infante reclama su dosis de empanadas y el sitio ideal para sentarse a comer son los banquitos de la plaza. Además de la comida, se entretienen un rato largo con ese tamborcito de dos caras -un instrumento de percusión llamado Maracatán o Tambor Den Den- que usó Daniel Larusso para ganarle al malo en Karate Kid 2. Y que, en verdad, no es originario del NOA sino de Japón.
Desde Tilcara, otros paseos cercanos son los pueblos de Huacalera (con su monolito que honra el paso del Trópico de Capricornio) y Humahuaca. A 24 kilómetros de este último poblado, por camino de tierra y en pendiente hasta 4000 metros de altura, se arriba a las Serranías del Hornocal, con su cerro de 14 colores.

Vuelta a la Linda

Claro que se podría seguir subiendo por la ruta 9 hasta la bifurcación a Iruya y más allá también. Pero el viaje ya tiene suficiente información para elaborar y es tiempo de regresar a Salta a pasar la última noche. Son menos de tres horas de ruta desde Tilcara y, si se llega a la Linda cerca del mediodía, se puede aprovechar la tarde para subir en teleférico con los chicos al cerro San Bernardo o jugar en los botecitos del lago del parque San Martín.
Buen momento para terminar un viaje en auto por los valles y quebradas del noroeste. Si los pibes la pasaron bien y el umbral de berrinches permaneció en niveles aceptados por la Convención de Ginebra, habrá sido todo un éxito.

Datos útiles

Cómo llegar
Aerolíneas Argentinas y Latam ofrecen vuelos diarios de Aeroparque a Salta. A partir de 3500 pesos por adulto en clase económica.
Alquiler de autos
Alquilar un auto económico en el Aeropuerto de Salta cuesta unos 1000 pesos diarios, con kilometraje ilimitado. Algunas locadoras salteñas tienen mejores tarifas, como A Rodar Rent a Car (www.arodarrentacar.com.ar); Perfil Rent a Car (www.earth.todowebsalta.com.ar); Andina Car Rental (www.andinacarrentalcom.ar)
Dónde dormir
Hotel Sheraton (Salta). A diez cuadras del centro de la ciudad y con una vista panorámica del Valle de Lerma. Tiene piscina al aire libre y el Neptune Pool and Spa Center. Tarifas entre 1800 y 3500 pesos la noche. www.sheratonsalta.com
Hotel Amalinas (San Lorenzo). Ubicado en el kilómetro 11,5 de la ruta provincial 28, a 10 minutos del centro de Salta. Tarifa habitación doble: 1400 pesos la noche. www.amalinashotel.com
Hotel Grace (Cafayate). Es un hotel de lujo, con spa y villas residenciales en una estancia de 500 hectáreas en Cafayate, con cancha de golf propia, vinos de autor y deportes hípicos. Tarifa especial desde 165 dólares por habitación durante septiembre. www.gracehotels.com/cafayate
Hotel La Merced del Alto (Cachi). Ubicado al pie del Nevado de Cachi, destaca sobre un valle rodeado de cerros, ríos y arroyos. Tarifa habitación doble: desde 2000 pesos (IVA y desayuno incluido. www.lamerceddelalto.com
Hotel La Comarca (Purmamarca). Ubicado en el kilómetro 3,8 de la ruta nacional 52, en Purmamarca, Jujuy. Tarifa habitación doble: 2300 pesos la noche. www.lacomarcahotel.com.ar
Hotel Terrazas de Tilcara (Tilcara). Ubicado en Calle de la Sorpresa, esquina San Martín, con una vista preciosa sobre la ciudad. Tarifa habitación doble: 2280 pesos la noche, impuestos incluidos. www.lasterrazastilcara.com
Hotel El Reposo del Diablo (Tilcara). A cinco cuadras de la plaza central, construido con materiales autóctonos, con piscina. Tarifa habitación doble: desde 1360 pesos la noche, en efectivo. www.reposodeldiablo.com

lanacion.com

lunes, 5 de septiembre de 2016

Cómo llevar dinero de forma segura durante un viaje

A la hora de organizar un viaje, entre las preocupaciones habituales, surge la manera de administrar y guardar el dinero de forma segura. Además, nos cuestionamos sobre las distintas opciones para ocultarlo o no, de posibles situaciones peligrosas o extravíos. 

Money, Card, Business, Credit Card, Pay, Shopping
Comisiones y cambios
Según el Banco Central de la República Argentina, en la actualidad toda transacción es posible en el exterior sin el cepo cambiario, pero debemos estar atentos a las comisiones (se pueden consultar en www.bcra.gov.ar). 
Llevar tarjetas es la mejor opción
Una de las previsiones principales es realizar el “aviso de viaje” al banco con una anticipación mínima de 24 horas para que no bloqueen los consumos y extracciones o demoren las autorizaciones. En cuanto al uso de tarjetas de crédito o débito, los especialistas aconsejan controlar regularmente durante el viaje las transacciones y los saldos a través de servicios de home banking o cajeros. 
Hay que tener en cuenta que extraer dinero de cajeros en otros países nos puede costar entre cuatro o cinco dólares en cada operación, más el plus particular de la entidad bancaria. A su vez, es recomendable llevar un 30% en efectivo ya que, en muchos países, los comercios más pequeños no cuentan con posnet para pagar con tarjeta.
Efectivo dividido y oculto
Lo ideal es pasar los ahorros a dólares previamente e, incluso, optar por llevar algo de dinero en la moneda del país de destino. La mayoría de los lugares no suelen cambiar pesos argentinos a moneda local o no conviene por el tipo de cambio. 
Una vez que llegamos al destino elegido, nos conviene dividir el dinero entre las personas que comparten el viaje. A su vez, debe de separarlo en distintos lugares para minimizar el riesgo.  
En caso de robo 
  • Es fundamental formalizar una denuncia en las 72 horas posteriores al robo.
  • Llamar inmediatamente a las tarjetas de crédito y débito a un número específico que debemos conocer previamente. Estas llamadas son sin cargo. 
  • Avisar al seguro de viaje o asistencia al viajero que tiene la función de reembolsar el importe ante cualquier contratiempo.
Por Mariana Minervini (Especial)

sábado, 3 de septiembre de 2016

La odisea de comunicarse en Shanghái

La dificultad de comunicarse en China implica una dosis extra de paciencia. Y algo de señas.

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Habíamos tomado dos vuelos de unas 15 horas cada uno. Más que volar, parecía que nos habíamos subido a la máquina del tiempo, ya que el cambio de uso horario nos había robado casi 12 horas. En Shanghái era de noche y todo decía que debíamos dormir, aunque nuestro ritmo biológico estaba desorientado.
El tramo Toronto-Shanghái había sido un presagio de lo que nos pasaría, pero no supimos interpretarlo. Los chinos hablan chino. Punto. Las azafatas canadienses se encariñaron con nosotras, pues éramos casi las únicas en todo el vuelo que hablábamos inglés y que decíamos “por favor”, “permiso” y “gracias”.
El avión tocó tierra. Estábamos en la otra punta del mundo. No podíamos creerlo. Nuestra primera misión: llegar al hotel. Caminamos aproximadamente una hora por el Aeropuerto Internacional de Shangái-Pudong tratando de encontrar el mostrador del servicio de traslado hacia el hotel, siguiendo las más disímiles indicaciones de guardias de seguridad y residentes bien intencionados.
Íbamos de una terminal a otra, subiendo y bajando escaleras, hablando con todo tipo de personas, pero nadie parecía dispuesto a llevarnos al hotel. Finalmente, encontramos un sector de empresas de traslado, mostramos nuestra reserva impresa en chino y un hombre asintió con la cabeza. Por supuesto que le dijimos “No pay. Included”, algo así como “No pagar. Incluido” y el hombre asintió de nuevo. Lo habíamos logrado.
Habíamos reservado un hotel cerca del aeropuerto porque al día siguiente volábamos a Hong Kong para pasar Año Nuevo. Nuestra intención era hacer el check in, comer algo rápido y, después de casi dos días en pie, bañarnos y dormir en una cama. Qué ilusas.
Registrarse en un hotel es casi mecánico en cualquier lugar del mundo: mostrás tu reserva,  presentás pasaportes, completás tus datos en un formulario, dejás una garantía y te dan las llaves de las habitaciones y los cupones para desayunar. O eso creíamos.
Ya era bastante tarde y en el hall de ingreso del hotel no había nadie. Estábamos nosotras seis, a esta altura arrastrando las valijas, y tres chicas sonrientes detrás del mostrador.
El proceso de ingreso iba bien hasta que pedimos nuestros vouchers para desayunar. La reserva lo decía clarito, en inglés y en chino: desayuno incluido. Comenzamos pidiéndolo amablemente en correcto inglés. Las tres chicas se miraban, hablaban entre ellas, se reían y nos miraban con cara de “no entendemos nada”.
De ninguna manera nos íbamos a ir sin obtener lo que queríamos. El idioma se fue deformando tanto que de repente éramos seis personas haciendo señas como si estuviéramos jugando al Dígalo con Mímica a contrarreloj. “Now, sleep. Tomorrow, wake up. Breakfast. Té. Coffee”: (“Ahora, dormir. Mañana, despertar. Desayuno. Té. Café”), todo acompañado con lenguaje de señas. En serio.
Éramos seis personas poniéndonos las manos juntas con la cabeza inclinada y cerrando los ojos, nos desperezábamos como despertándonos, y tomábamos de una taza imaginaria. Las recepcionistas seguían riéndose y negando con la cabeza. No nos entendían.
Decidimos romper con el respeto por las formas y nos asomamos al mostrador buscando algo que nos ayudara a darles el mensaje mientras seguíamos llenando papeles. Una de ellas abrió un cajón y estaban los cupones para desayunar.
La noche estaba muy oscura y no pensábamos salir del hotel, así que preguntamos en qué piso había un restaurante y fuimos. Una amable moza nos trajo el menú bilingüe. Señalamos dos o tres platos para compartir que ella anotó en un papelito y procedimos a pedir las bebidas. Otra odisea comenzaba. En orden, cada una se dispuso a decirle qué quería tomar, pero en el segundo pedido se complicó: “Coke”, dije yo. “Diet Coke”, dijo una de mis amigas. La cara de la moza se transfiguró. No entendía. “Coke. Light”, insistió mi amiga. La moza miraba a su par en la barra y le decía algo, pero la otra chica tampoco entendía. Insistimos un rato, pero sin éxito.
De repente, salió corriendo hacia la cocina y volvió con dos latitas. Nos hizo tocarlas, una estaba fría y la otra a temperatura ambiente. Nos dieron ganas de abrazarla por su empeño y su paciencia por comunicarse. Aunque el juego de señas comenzó alguna vez más para intentar explicar el diet. Sin éxito esta vez, pedimos una cuantas Cocas y un par de Sprite y nos dispusimos a disfrutar de nuestra primera cena en China.
Llevábamos menos de 10 horas en Asia y ya teníamos varias anécdotas. Sólo era cuestión de esperar que nos pasaran más cosas. Y no hizo falta mucho tiempo. Al día siguiente nos perdimos en pleno Hong Kong buscando nuestro hostel. Pero esa es otra historia.

Por Guadalupe Sánchez Martínez (Especial)

viernes, 2 de septiembre de 2016

House sitting: cómo es vivir en la casa de otro y viajar a su intimidad

Una guía sobre House sitting hace foco en una manera diferente de viajar y de vivir, estadías en casas ajenas que pueden durar meses con mascotas incluídas.

¿Le darías la llave de tu casa a un extraño para que viva ahí mientras vos te vas de viaje? ¿Serías capaz de dejar tus secretos expuestos a un desconocido que no sabés qué podría hacer con ellos? Es probable que esta pregunta se la hagan miles de personas por día, con diferentes resultados. Pero hay pruebas suficientes para demostrar que la práctica funciona. Se llama House Sitting y nació de la unión de dos necesidades, del que debe buscar un lugar para alojarse, y del que se va de su casa y quiere dejar a sus mascotas cuidadas.

Magalí Vidoz, con 30 años escribió La guía de House Sitting, un ebook para relatar sus experiencias en 4 años de viaje durante los que cuidó 25 casas, y más de 30 mascotas, jardines y huertas, según el relato del que puede leerse el primer capítulo gratis en el sitio y descargar el resto por US$ 8. Los consejos están dedicados a quienes les interesa recorrer el mundo y compartir tiempo con una mascota que, inevitablemente cambiará la rutina de sus días. Pero antes de sacar el pasaje y decidirse por esta aventura, conviene saber bien en qué consiste este formato de trabajo. 
Las bases del House Sitting
House Sitting es voluntario, no hay intercambio de dinero, al menos según las reglas de las webs extranjeras Trusted House Sitters, Mind my house, o Nomador.
El trabajo no tiene distinción de sexo, en la web de Nomador se ven testimonios de parejas, como Pamela y Matthew, de Sydney, Australia, o Isabelle y Jeff de Montreal, Canadá, que pasaron unas vacaciones divertidas cuidando perros, y cuentan que le dieron sentido al propósito de salir a caminar. La edad tampoco parece ser determinante, la imagen del veinteañero que sale a recorrer el mundo sin ticket de regreso, se extiende a gente mayor que prefiere instalarse en un lugar nuevo para conocerlo en profundidad, en forma temporal o como un estilo de vida.

Lejos de casa pero adoptando una casa nueva

Matías Callone, es otro argentino que viaja por el mundo, escribe en blogs y utiliza House Sitting para tener un lugar en donde parar, mientras planifica su próximo viaje. Su experiencia en Nueva Zelanda también está registrada en La guía del House Sitting. En los lugares más exóticos también hay pedido de "house sitters". Los ingleses y los australianos son los que más confían en este sistema para dejar su casa en manos ajenas, también en Estados Unidos la práctica es común.

¿Y por casa cómo andamos?

En América Latina todavía no hay tanta información sobre esta modalidad. La guía de Magalí Vidoz lo confirma, y se publica en español, la mayoría de las webs para unirse a la red están en inglés. En la Argentina se abre el juego -pero fuera de las reglas-, al cuidado de casas y mascotas que soluciona el problema de dejar gatitos, perros o loros estresados en guarderías o en casa de parientes buena onda.
María Luque es una ilustradora rosarina, que llegó a cuidar mascotas casi por casualidad. "Fue la manera que encontré de vivir cuando no tenía resuelto el tema del alojamiento, como viajaba, no quería tener un lugar fijo o pagar un alquiler por dos años sin saber si me iba a quedar. Un amigo me lo propuso una vez, después otro, y una amiga". Había renunciado a un trabajo en una agencia de publicidad y de repente se encontró con una tarea que le daba más tiempo para dibujar y le abría las puertas de casas ajenas.
Aunque ya no lo necesita, porque puede vivir de la ilustración, reconoce que fue de gran ayuda para dar el salto hacia donde quería. En el libro "Informe. Historieta Argentina del Siglo XXI", editado por José Sainz para la Editorial Municipal de Rosario, ella cuenta en formato cómic ese período de vida itinerante del que no se arrepiente y recomienda al que tenga algo de tiempo y necesite un lugar. No es un detalle menor, le deben gustar los animales.
María recuerda que su primera experiencia fue con una pareja de amigos que se iban de vacaciones de verano y le ofrecieron cuidar a su gata. "Me pasó que una noche estaba durmiendo y me despierta un ruido en el techo, una de esas típicas peleas de gatos, al otro día ella no aparecía y yo pensaba, 'qué les voy a decir a los dueños si no vuelve'. Por suerte apareció y no la dejé salir más, me quedé traumada".

Atracciones privadas

¿Y qué es lo mejor? Ella valora haber podido acceder a las bibliotecas de las casas de viajeros, "la mayoría eran buenos lectores, aprovechaba para leer, un montón de novelas gráficas que acá no se consiguen. Es una vida nueva que te dura poquito. Ves donde guarda cada cosa, de alguna forma vivís la vida del otro, pero cuando ya te estás acomodando te tenés que ir".
Hay un cuento de Raymond Carver, "Vecinos" en donde se vislumbra esta idea de vivir y desear una vida ajena, cuando los Stone se van de viaje y le piden a los Miller, la pareja de enfrente, el favor de cuidarles el departamento y su gato. Es inevitable la curiosidad por saber cómo son las personas que habitan esas casas y dejan su marca en ellas.
A Clara Inés Malano el trabajo también le llegó a través de conocidos, una amiga de su hermana se iba de viaje por tres meses a la India, así que le ofrecieron ocuparse de su perro labrador y su gato. Ella, que tiene un vínculo cercano con los animales desde chica, vio que podía dar un servicio más profesional y con una amiga veterinaria, Bárbara Kleisinger, crearon la Guardería de Mascotas a Domicilio, en donde ofrecen el servicio personalizado. "Eso fue a fines del 2012, comprobamos que había demanda, que funcionaba más que nada de boca en boca, porque requiere de cierta confianza. Desde ahí, siempre tuve casas para cuidar, incluso si no puedo le doy el trabajo a mis amigas".
En la película El Descanso, Cameron Diaz y Kate Winslet intercambian sus casas por una temporada
La guardería a domicilio les funciona como reemplazo ideal de un alquiler. "Siempre miraba de chica la cantidad de departamentos vacíos, esa idea de que hay tantos lugares vacíos y gente pobre durmiendo en la calle". Clara sabe que si se estira un poco podría alquilar pero por ahora no lo necesita, es un recurso que la acompaña a todos lados.Rescata lo interesante de conocer muchos barrios y haber vivido en casas lindas -y no tanto-, en Capital, fuera de Capital, y en el Bolsón.
Una de las amigas que se benefició por la cantidad de trabajo con mascotas fue Bárbara Koatz. A diferencia del House Sitting, en la guardería también aceptan dinero, el servicio por lo general se presta dentro de la misma ciudad, lo que les permite continuar con los mismos hábitos y amigos, con la única condición de darle prioridad a las mascotas."Para los animales es lindo que puedan mantener su rutina en sus lugares de siempre. Cada vínculo con las mascotas es distinto. Con algunos la confianza surge rápidamente y con otros lleva un poquito más de tiempo. Aprendí a disfrutar de ese proceso, así como también de estar en una nueva casa y barrio".
Las distancias con los dueños se acortan gracias a la tecnología y el contacto diario a través de fotos y videos los deja más tranquilos. Como en el caso de Gabriela y Eduardo, que se mudaron durante un año a España, cuando ella estaba embarazada, para tener al hijo en su país de origen y dejaron tres perros rescatados que adoraban pero no podían llevar. La solución fue que ellos se quedaran al cuidado de la guardería, en su propio domicilio, y con un paseador todas las mañanas.

Win-Win

Las mascotas la pasan mejor con el House Sitting ya que no se mueven de su hábitat natural
Las mascotas la pasan mejor con el House Sitting ya que no se mueven de su hábitat natural. Foto: Shutterstock
En la ecuación -Magalí Vidoz desde Italia lo confirma-, ganan todos. Es un movimiento, una rotación en la que cada uno obtiene lo que necesita, tranquilidad para viajar y tranquilidad para tener un lugar en donde quedarse.
"House Sitting tiene como valor principal la confianza, no el dinero. Y en un mundo en donde siempre el dinero está en primer lugar, es hermoso saber que todavía hay lugares o actividades en donde las relaciones sociales están libres de él, y en donde las personas pueden establecer conexiones basadas en otros valores".
El libro del contador y estudiante de filosofía, Martín Traverso, "Economía Consciente", plantea una transformación de la economía en la que el dinero no sea la única forma de intercambio, en la que se aprenda a desarrollar los "dones y talentos" para generar dar un aporte a la sociedad y crear abundancia en el planeta. House Sitting entra en este paradigma.
Para Magalí Vidoz el aprendizaje siempre es positivo, hubo animales con los que se conectó enseguida y otros con los que costó más generar un lazo, pero siempre la experiencia tuvo algo para enseñarle. "Sé que las mascotas sufren mucho la ausencia de los dueños y hago todo lo posible para construir una relación con ellos. Además los animales son tus nuevos guías en un lugar que no conocés, y esto es hermoso. Puede haber "malas experiencias" si no somos capaces de abrir el corazón y ver qué necesita el animal y hasta dónde podemos dar nosotros". Su mayor consejo es no tener expectativas y abrirse a la energía del viaje, "que en definitiva si la dejamos actuar, es una energía que nos remueve de pies a cabeza".
Cuenta que el resultado de esos años "fuera de juego" tuvo sus frutos: tres libros escritos (dos publicados, uno inédito), dos talleres de escritura online y lazos creados con personas de todas partes del mundo, una comunidad, a la que describe como fiel y suavecita, que la acompañó en cada uno de sus pasos. Viajar lento y quedarse en casas, le permitió entender qué quería hacer con su tiempo y energía, porque nunca había afrontado de esa manera la soledad, el aislamiento, y también, en ocasiones, la pobreza. "Lo mejor de este viaje, que aún no termina, no es otra cosa que un viaje hacia la autenticidad. ¿Quién soy? fue la pregunta-pasaje-sin-regreso que me acompañó durante todos estos kilómetros recorridos".
La confianza parece que vuelve a estar de moda, prácticas como couchsurfing o el mercado comunitario para publicar y reservar viviendas de Airbnb, y también house sitting, demuestran que podemos crear sistemas que desafíen al miedo y a la inseguridad. Internet colabora como intermediario en la conexión y nos permite acceder al historial del otro: todo está ahí, en la nube, los comentarios y las recomendaciones, las buenas y malas experiencias. Creemos en su palabra, porque en definitiva, queremos creer en la bondad humana.

Karina Ocampo



jueves, 1 de septiembre de 2016

Alojamiento: los tres destinos más económicos de Córdoba

Mina Clavero, Córdoba y Villa Carlos Paz, entre los destinos mas baratos para hospedarse.

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CÓRDOBA. Según el Índice de Precios Hoteleros de trivago (tHPI), en agosto, tres ciudades turísticas cordobesas se ubicaron entre los cincos destinos más económicos del país para hospedarse. 
Mina Clavero encabezó el top five con un costo promedio de alojamiento de 859 pesos. Le siguieron San Juan, El Chaltén (Santa Cruz), Córdoba y Villa Carlos Paz. En el caso de la capital mediterránea el precio promedio rondó los 1.097 pesos, mientras que en la “Perla de Punilla” el valor fue de 1.104 pesos. 
Trivago, el buscador de hoteles más grande del mundo, analizó las tarifas hoteleras de agosto de las cinco ciudades más caras (la mayoría, en la Patagonia) y más baratas del país.
¿Cómo están los precios de hoteles en Europa?
La ciudad europea más cara es Mónaco con un precio promedio por noche de 6.406 pesos, lo que representa un 143% más respecto de Bariloche, que es la más cara del país.
Por su parte París tuvo el mayor descenso de precios con un 20% y ubica su precio promedio en 2.012 pesos por noche. Por su parte, la capital de Escocia, Edimburgo, registró el mayor aumento del mes con un 33% y obtiene un precio promedio de $ 3.972 por noche.
Sobre el tHPI
El tHPI de trivago es un análisis mensual sobre los precios promedio de hoteles en las ciudades que registran un mayor número de búsquedas en trivago en todo el mundo. Las cifras publicadas se refieren siempre a los precios promedio por noche en habitación doble estándar para cada uno de los destinos. Se toma como base del estudio 2 millones de consultas diarias que se realizan en trivago y su servicio de búsqueda y comparación de precios. Los resultados de cada una de las búsquedas realizadas por los usuarios para cada mes se guardan de forma automática para obtener el precio promedio de cada destino.


Por Redacción Voy de Viaje

miércoles, 31 de agosto de 2016

Propinas, el eterno dilema

Para que no te lleves una verdadera sorpresa, no pases vergüenza o nadie se ofenda, informate sobre las propinas en los distintos lugares de América. 
Cada país tiene sus propias costumbres acerca del dinero extra por servicios. Repasamos qué sucede en la mayoría de los destinos y regiones turísticas de América. 
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En Norteamérica
Conocido como el paraíso de las propinas, o desde el punto de vista del viajero, el infierno de los pagos extra, en Estados Unidos las empresas de servicios dan por hecho que una parte del sueldo de sus trabajadores está formada por las “gratificaciones” de los clientes. Lo mismo ocurre en Canadá, donde rondan entre el 15 y el 20 por ciento por servicio, dependiendo de qué tan bueno haya sido el mismo. Además, en la barra de los bares se estima, al menos, un dólar por copa.
En México, los sueldos de los camareros no son los mejores y muchos consiguen sobrevivir gracias a lo que brindan los clientes. Lo común es dejar entre el 10 y el 15 por ciento del total.
Sudamérica
En Brasil, normalmente viene añadido un 10 por ciento en el ticket final, pero quienes trabajan en las zonas más turísticas están acostumbrados a recibir otro porcentaje similar de modo extra.
Cruzando la Cordillera de los Andes, también suelen incluir el 10 por ciento, pero al igual que en Argentina, algunos restaurantes chilenos acostumbran a cobrar un monto no consensuado por “el cubierto”. Más allá de esa costumbre, en Chile la propina no es obligatoria y el cliente puede reclamar para no pagarla.
Por su parte, en Uruguay, la tradición indica dejar una suma en una gran variedad de servicios. Una propina adecuada oscila entre el 6 y el 10 por ciento.
Colombia y Ecuador, usualmente, ya la tienen anexada en la cuenta como un 10 por ciento. Más allá de esto, está estandarizado dar un poco más hasta llegar al 15 ó 18 por ciento, según la evaluación particular de la prestación. 
Por otro lado, en Perú no existe un estándar, sin embargo los mozos esperan por su trabajo un 15 por ciento. En tanto, en Venezuela, incluida o no, se estima en el 10 por ciento “con carácter salarial”.
Caribe, más allá del “all inclusive”
Cuba es un caso especial. En el lapso de unos años pasó de la prohibición a otorgar un 10 por ciento en restaurantes y taxis. En Aruba, si está incluido en la cuenta, la retribución no es obligatoria. En caso contrario, la propina sugerida es del 15 por ciento.
En Costa Rica, el 10 por ciento suele venir incluido en el monto de la cuenta. Lo mismo ocurre en República Dominicana. Por su parte, en Nicaragua, al no estar anexada a la factura, los mozos esperan una gratificación entre un 8 y un 10 por ciento. En Panamá, según una ley sancionada este año, ya no es obligatorio dejar ninguna cifra. De todos modos, puede abonarse voluntariamente lo que se considere.
Finalmente, en Jamaica rara vez se incluye en el precio el servicio, por costumbre se recomienda añadir un 15 por ciento.

Por Pablo Bertorello (Especial)

martes, 30 de agosto de 2016

Viajar lento, jugar y aprender del ciclo del mar, la invitación de Aniko Villalba

Para salir del piloto automático, la escritora propone conectarse al máximo con cada lugar. Habla sobre su experiencia de viajar sola, el lado B de su estilo de vida y la mejor manera de ser turista en la propia ciudad. (Fotos: Aniko Villalba).

Catadora de mares. Desde que Aniko Villalba abrazó el slow travel como su manera de conocer el mundo, hace la pausa necesaria para observar, sentir y escuchar lo que las olas y el viento le quieran mostrar. La playa es inspiración y también, un espacio necesario para conversar con uno mismo. “Ésa es justamente mi mayor vocación: catar mares, ir de uno a otro, descubrir si me ayuda a sanar o no”, asegura.
A los 22 años, Aniko decidió que iba a vivir viajando, aunque con regresos a Buenos Aires en el medio. Se describe como una escritora itinerante, es fotógrafa, comparte sus experiencias en www.viajandoporahi.com y pasó por Córdoba para presentar su segundo libro: El síndrome de París. Aniko define viajar como un “estado de la mente” que se puede replicar sin irse muy lejos: se puede ser turista en la propia ciudad.
“Salir a explorar los sonidos o los olores, tomar caminos distintos, ir a conocer barrios que no conocés, hacer actividades culturales. Hay mucho para hacer. Otra forma para mí es recibir un extranjero en tu casa y salir a caminar con él. Como está viendo todo por primera vez, te muestra las cosas con otros ojos”, dice a Voy de viaje.
El juego también es una propuesta divertida a la hora de llegar a una nueva ciudad. Aniko descubrió en la casa de unos amigos en Madrid una guía de viajes experimentales y recomienda: “Salir con alguien y conocer un lugar con los ojos vendados todo el día. Que una persona local te preste un perro para que te saque a pasear por los lugares que él decida. Hacer una búsqueda del tesoro con objetos abandonados. Elegir un número para que guíe tu día: caminar 12 cuadras, a las 12.12 hacer algo”.

Vivir viajando
Sí, se puede. Recorrer el mundo con pocos recursos es el sueño de muchos y hay varias maneras de lograrlo. Existen redes, como helpx o workaway, que proponen comida y alojamiento a cambio de diversos trabajos: pintar una casa, enseñar un idioma y un largo etcétera. Caminar mucho para no tomar transporte o hacer dedo son también sacrificios de viajar sin plata. 
Otra manera es recurrir al couchsurfing para encontrar un hogar que esté dispuesto a hospedar viajeros. “En Malasia fue el primer lugar donde hice couchsurfing y me salió todo mal porque anoté mal el número de la señora que me iba a recibir. Hay países donde esta modalidad es muy fácil porque la gente te invita. Vos podés aparecer en la lista pública de viajeros que están yendo hacia cierta ciudad. En Indonesia me pasaba que recibía de a cinco invitaciones”, cuenta Aniko entre risas.
Su próximo paso es hacer house sitting (cuidar casas y hasta incluso, mascotas). La cordobesa Magalí Vidoz no pagó alojamiento durante dos años porque se dedicó a cuidar 14 casas. Aniko explica que en este campo hay mucha demanda y la clave es armarse un buen perfil para conseguirlo.
Viajar solos es algo que todos deberíamos hacer al menos una vez en la vida. La libertad es total, no tenés que ponerte de acuerdo con nadie y las decisiones se toman sin debate previo.
“La gente te ayuda al verte sola, te pregunta si necesitás algo. También conocés gente todo el tiempo. Uno nunca está solo, a menos que quieras”, advierte.
Entre algunas costumbres culturales divertidas, Aniko recuerda que en Indonesia tienen un fanatismo por los occidentales. “Te ven caminando por la calle y vienen en malón a saludarte y a sacarte fotos, como si fueras una estrella de cine. En general, mandan a uno en representación de todos y después aparecen 30 con 30 cámaras de fotos y tenés que estar posando para todos”. 
Para tranquilidad de los viajeros, ella dice que la gente siempre tiene voluntad de comunicarse, y allí la sonrisa y los gestos ayudan. “Te señalan el mapa, te piden que los sigas, la gente siempre está bien predispuesta”.
Uno de los lugares preferidos de la escritora en Argentina: Mendoza.
 Viajoterapia
Lenke, una de las mejores amigas de Aniko, era astróloga y falleció a sus 84 años. “Para mí fue un golpe re grande y viajar con tristeza es muy duro. No es que te vas de viaje y te olvidás de todos los problemas. Uno carga con todos estos duelos. Hasta es más difícil porque estaba lejos de todo el mundo. No quería quedarme en Buenos Aires porque sentía que me iba a meter en la cama y no iba a querer salir más”, cuenta. 
En ese momento, la escritora no tenía un destino claro y fue viviendo distintas etapas en lo que decidió llamar viajoterapia:
  • Saber estar
  • Aprender del ciclo del mar
  • Entender que todo es transitorio
  • Encontrar la felicidad en lo cotidiano
Sobre una de las claves, explica: “Aprender del ciclo del mar porque vos construís algo y el mar te lo destruye, y lo volvés a construir y te lo vuelve a destruir. Es un poco así la vida. Aprendí a vivir más el presente, disfrutar donde uno está. Me pasa incluso viajando que pienso en el próximo viaje o estoy con melancolía por el lugar anterior, como que uno nunca se alinea en el presente. Me ayudó mucho también vivir cerca de un mes en la casa de una de mis mejores amigas que es peruana. Ella tiene un hijo y él en ese momento tenía tres años. Estuve con él jugando un mes entero y los nenes son sanadores. Era ver la vida a través de sus ojos”.
Las etapas de la viajoterapia, una de las propuestas del libro "El síndrome de París".
El lado B de los viajes
Fanática de los rituales y de observar las pequeñas cosas de la vida cotidiana, a Aniko le encanta viajar y al mismo tiempo quedarse quieta. Para ella, lo mejor es descubrir lo que el destino quiere mostrarle a cada uno de manera personal y olvidar las listas con lo que sí o sí hay que conocer.
A sus 30 años, se casó con un francés que conoció a través de couchsurfing. Él es programador y eso les permite moverse por el mundo. Su próximo destino es Japón y posiblemente después vayan a un lugar que tenga playa y ciudad, su combo preferido.
En uno de sus viajes descubrió el síndrome de París, con el que se sintió profundamente identificada. “Es algo que les pasa a muchos japoneses y asiáticos cuando viajan por primera vez a París. Tienen una imagen tan idealizada, romántica y perfecta de la ciudad, que cuando llegan y ven que es muy distinta a lo que se imaginaban les agarra una depresión y una tristeza muy fuertes”. 
El estilo de vida del que decide viajar por el mundo parece perfecto, pero no todo es color de rosa. “Muchos lugares que conozcas no te van a gustar, no todas las personas que conozcas te van a caer bien, ser huésped durante mucho tiempo es agotador, te podés enamorar de alguien estático, tenés muchas despedidas y vas a estar lejos en momentos importantes”, advierte.
En su nuevo libro explica estos contrastes y búsquedas que construyen una imagen más real del viajero. Pero si hay algo genial que le pasa cada vez que toma su mochila al hombro, es que el tiempo parece expandirse. “Los viajes me dan tiempo. Siento que los días tienen como 50 horas. Vivís tanto en un día porque todo es nuevo y todo te llama la atención”, dice Aniko en una invitación a salir del piloto automático y sentir que estamos de viaje en nuestra propia ciudad.  

Por Milagros Martínez (Especial)